Rito de iniciación – 2015

Museo Urbano

La tierra es esa infinita masa sin forma que se extiende bajo nuestros pies, algo asociado al paraíso, atravesada por árboles y cascadas, inundada de mares, dormida bajo elefantes, cemento, autos y casas.
Pensar en ella es pensar en el nacimiento, en la construcción, en la muerte, en el barro, en el contacto con algo ancestral. Caminar, correr, bailar y saltar tiene que ver con la tierra, incluso volar implica despegarse de ella y mirarla desde lejos. En la esencia de la tierra reside esa cosa animal y amorfa que se adapta a nuestro devenir y a nuestras necesidades esenciales. Siempre hay en ella algo épico, una lucha contra su modo de ser, en forma de pozo profundo, de arena, de suciedad superficial, de historia o de reliquia.

Hace milenios la tierra era la gran presencia divina que se expandía en toda dirección, bajo todo hombre, oníricamente o de modo real y sin embargo cuando miramos su textura nos resulta débil y maleable. En sus garras se esconden los grandes transatlánticos, los dinosaurios, ciudades enteras, inmensos aviones y mi abuelo. La tierra es probablemente lo que anticipó todo y sobre lo que se formó todo lo que tiene forma. Un volcán erupciona, sumerge una ciudad y la tierra parece decirnos que nada de lo que hemos hecho sirvió para algo ni para nada. Nada nos salva de su caprichosa acción ni de su silencioso movimiento.